‘The Florida Project’: El hogar de Disneyworld también tiene un lado oscuro

El cine independiente tiene también lugar en los Premios Oscar. Que se lo digan a ‘The Florida Project‘, el pequeño proyecto de Sean Baker que ha ido arrasando festival tras festival gracias a su arrolladora película, la ruptura del sueño americano, el choque total de formas de vida. La película es  la catarsis del sueño americano, la ruptura total del concepto. El sueño americano es la mentira de las nuevas generaciones.

Florida. Todos sabemos que allí está la cuna de la diversión, de los grandes parques de atracciones que son la promesa de fantasía de los niños. A tan solo unos pasos de Disneyworld, un motel se alza rodeado de carretera, hogares abandonados, tiendas de venta al por mayor y caos. Moonie (Brooklyn Prince), una pequeña niña, vive en una selva sin orden ni moral. Insultos, peleas, risas descontroladas y sin obligaciones que vive entre dos mundos: la riqueza y la pobreza. Planos de helicopteros y parques de atracciones. Planos de ruinas y miseria. Moonie vive zigzagueando de un lugar a otro, sin percibir las diferencias sociales. Para ella, su mundo es así: sin normas.

Bobby (Willen Dafoe) regenta el particular castillo de Moonie, un motel en el que se paga semanalmente por vivir. Supervisa que todo esté en orden, arregla los destrozos. El sheriff del lugar. Rodeado de niños y familias en situación bastante precaria, Bobby lucha porque su negocio alcance una mejor estética. Sin embargo, el caos habita en su interior. Moonie crece sin conocer lo que son las normas, a cargo de una joven madre con una vida desestructurada, donde las drogas, la prostitución y las ventas ilegales gobiernan su día a día.

Desde un primer momento, conocemos el descontrol, que acecha a unos niños que juegan a escupir a unos coches. No, no están siendo educados. Viven el día a día, sobreviviendo, descubriendo cada día pequeñas maldades. Aprenden lo peor del mundo y se regodean en ello. Los actos no quedan impunes y poco a poco todo va sufriendo una represalia. Una montaña rusa de sensaciones que nos van dirigiendo a un bucle de enredos y caos que no parece tener final.

La estética nos recuerda mucho a la presentada en 2016 con American Honey, donde el sueño americano se ve roto ante los espectadores. Con filmes como este, queda clara la triste ilusión de una generación, que sueña con alcanzar esos éxitos del pasado, viviendo una situación caótica y despreocupada. La fantasía se convierte en oscuridad, la rutina se transforma en descontrol. Y mientras, observamos los fuegos artificiales de un país donde la magia y la risa pervive ante la cruda realidad.

Willem Defoe sorprende alejándose de su típico papel antagonista y nos demuestra a un propietario humano, que realiza pequeños actos en la sombra por su comunidad, la única cabeza asentada de ese mundo anárquico. Otra joya a descubrir es la pequeña Brooklyn Prince, que sorprende con su desparpajo, una interpretación salvaje que nos lleva a una niña sin ética, que escupe a destajo palabrotas y actúa sin conocimiento. Una lágrima final nos zambulle en una ilusión, ese sueño americano que se desvanece para corregir un mundo sin ataduras.

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