Atlántida, El misterio del continente perdido

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¿Existió realmente la mítica Atlántida, inspiradora de filósofos y poetas de todas las épocas, o es solo una leyenda? El enigma de los continentes perdidos, sumergidos junto a sus avanzadas civilizaciones, está hoy más vivo que nunca.

En este ensayo Roberto Pinotti devuelve la leyenda al ámbito de la realidad histórica y científica más allá de las reductivas hipótesis mitológicas y analiza el tema confrontando distintas fuentes, valiéndose de las aportaciones de numerosas disciplinas como la geografía, la oceanografía, la geología, la biología, la antropología y la historia.

Sobre la base de investigaciones recientes, el autor avanza una tesis revolucionaria e inquietante: la avanzadísima civilización antediluviana, vivida en la Edad de Oro y sumergida por un probable cataclismo cósmico, también podría ser originaria de otros mundos. Tal vez el hombre vivió ya en el pasado más remoto su futuro más evolucionado.

¿Cómo surgió nuestra civilización? ¿Por efecto de una lenta evolución desprovista de violentas convulsiones? ¿O más bien con uno o más «retornos a los orígenes» por parte de nuestros progenitores, a causa de acontecimientos catastróficos de alcance global que «pusieron a cero» el progreso humano? ¿Y tal vez con acontecimientos o tensiones ajenos al hábitat planetario terrestre?

Lo cierto es que los crecientes interrogantes suscitados por descubrimientos o elementos que cada vez encajan menos en el estrecho mosaico concebido por una visión histórico-científica poco acorde con los tiempos exigen respuesta. Aunque tiendan a socavar concepciones hasta ahora incontrovertibles e intangibles.

La arqueología durante mucho tiempo consideró la Ilíada una pura construcción mítica; luego, un buen día, la realidad de los hechos se impuso sobre algunas masturbaciones académicas. De la misma forma, la Biblia y la narración del Génesis fueron juzgadas por la ciencia como un cuento piadoso para un pueblo de pastores. Y hoy se ha comprobado, al contrario, que el Pentateuco es un texto absolutamente histórico y exacto en sus diversas afirmaciones. Tal vez mañana se logrará demostrar del mismo modo que Platón, cuando hablaba del hundimiento de la Atlántida, no se refería a una utopía política.

Pero a algunos académicos todo esto no les gusta.

UNA TEORÍA REVOLUCIONARIA

En 1999, durante un congreso de paleoarqueología celebrado en Santa Fe, los antropólogos Dennis Stanford y Bruce Bradley, miembros de la Smithsonian Institution de Washington, presentaron una teoría revolucionaria sobre los orígenes de los primeros americanos, según la cual estos habrían llegado hace dieciocho mil años procedentes de Europa, probablemente a través del Atlántico helado, sostienen los dos científicos.

Hasta entonces, según la teoría dominante, se creía que la primera migración se había producido hace trece mil quinientos años por parte de poblaciones asiáticas, las cuales, persiguiendo los rebaños de ganado salvaje, habrían llegado al continente americano a través del estrecho de Bering, para difundirse por toda América septentrional y dar vida a la llamada cultura clovis.

Ahora, según Stanford y Bradley, objetos humanos hallados a lo largo de la costa oriental, desde la América septentrional a la América meridional, demostrarían que hubo una migración europea anterior a la asiática.

Hallazgos líticos y óseos en Pensilvania, en Virginia y en Carolina del Sur presentan semejanzas extraordinarias con objetos europeos pertenecientes a la cultura solutrense, es decir, la cultura paleolítica superior que se desarrolló en España y en Francia, cerca de la población de Solutré, hace diecinueve mil años. Los dos investigadores no excluyen que las dos culturas paleolíticas —clovis y solutrense— hayan convivido en el continente americano, absoluta y completamente diferenciadas una de otra durante milenios.

Una teoría completamente revolucionaria —podría pensarse— que, sin embargo, no hace más que confirmar las creencias tradicionales expresadas por muchos nativos de América. En el Popol Vuh, por ejemplo, el llamado libro sagrado de los mayas quiché, que recoge antiguas tradiciones de este pueblo, se hace referencia continuamente a los propios antepasados diciendo explícitamente que procedían de Oriente.

LA CASTA DE PELUCAS EMPOLVADAS

Hace unos años, proponer un escenario semejante habría expuesto a quien lo hubiese hecho al ostracismo de la comunidad científica y al ridículo. Pero hoy la situación es distinta, y la revolucionaria teoría de Stanford y Bradley revaloriza implícitamente la hipótesis de un «puente cultural» euroamericano que no estuviera constituido por el océano helado, sino por tierras en el Atlántico septentrional posteriormente sumergidas. ¿La mítica Atlántida?

Frente a este nombre, los representantes académicos solo saben arrugar la nariz y rasgarse las vestiduras, naturalmente. Lo que, dicho sea de paso, no resuelve el problema.

capture-20181111-133638La Atlántida, si de verdad existió, se encontraba realmente, como dice la tradición, en el Atlántico, y eso porque antes del X milenio a. C., una civilización tan avanzada como desconocida había trazado los mapas de las costas atlánticas, realizado detalladísimas cartas náuticas de un mundo distinto (donde la Antártida  no está bajo el casco polar) y perdido, en una realidad oceánica y antediluviana de alcance planetario. Esto es lo que puso de manifiesto en 1974, en términos totalmente pioneros, adelantándose más de dos décadas al más reciente bestseller anglosajón del matrimonio Rand y Rose Flem-Ath, el almirante italiano Flavio Barbiero, precursor de la nueva visión histórica y arqueológica que se perfila en el horizonte, la de una civilización madre olvidada, nexo cultural entre prehistoria y protohistoria, arrasada por cataclismos geológicos de escala planetaria y de probable origen cósmico. Mientras algunas momias depositarias del saber académico siguen vociferando ex cátedra contra este escenario supuestamente absurdo, de forma más realista —aunque con matices distintos— autores como el inglés John Michell, el francés Jean Deruelle y el italiano Vittorio Castellani configuran hoy en las culturas megalíticas euroafricanas el indicio de un origen atlántico de la civilización a través del «puente» continental de las islas británicas, originariamente más extendidas hacia el océano: una perspectiva nada irreal.

El cuadro simplista trazado por la casta de pelucas empolvadas que tantos límites ha impuesto al progreso científico sobre lo desconocido de nuestros orígenes parece destinado cada vez más a ser desbancado por la llamada arqueología prohibida, que ya se está imponiendo tanto entre el público como entre la comunidad científica. Una nueva arqueología que hace retroceder la fecha de la civilización y los orígenes del hombre mucho más de lo que cabría suponer, y que ve en el catastrofismo geológico y cósmico el hilo conductor del desarrollo de la vida y de la civilización en la Tierra.

UN MÍNIMO DE HONRADEZ INTELECTUAL

Está claro que una cantidad creciente de anacronismos arqueológicos está ahora a la vista de todos, lo que hace reaparecer en concreto un pasado remoto desconocido y sorprendentemente avanzado (o a lo mejor un verdadero y propio «futuro anterior») de los abismos del tiempo. Y con él también la constatación de que la historia y la arqueología que nos han enseñado hasta ahora son inexactas y engañosas, al menos por lo que respecta a la realidad de nuestros orígenes. Este libro pretende, por tanto, mirar en otras direcciones. Es decir, hacia el mínimo que cualquier estudioso con un grado suficiente de honradez intelectual debería plantearse hoy, en el umbral del tercer milenio.

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