‘La Ciudad de las estrellas. La La Land’: nunca un amor tan agridulce fue tan real

Todos recordamos el éxito absoluto que fue La La Land, y aún nos quedamos embelesados ante la magia que desprenden. Cuando la crítica especializada empieza a alertar de que algo muy bueno se había cocinado para la gran pantalla, todos nos quedamos con ganas de saber más. Expectantes, aguardábamos hasta que llegase el momento en el que nos tocaba opinar a nosotros, viendo como festival a festival, la prensa seguía haciéndose eco del éxito rotundo. Maravillosa, espectacular, inolvidable. Eso decían de ‘La La Land’ del director Damien Chazelle, que ya nos sorprendió muy gratamente con ‘Whiplash’. Los Globos de Oro fueron un paseo de la fama para ‘La Ciudad de las Estrellas’; pero con los Óscar llegó una sorpresa agridulce que nadie llegó a entender, cuando ‘Moonlight’ le arrebató el premio a la mejor película en mitad de un error que será recordado para siempre en la historia de estos galardones.
Aún recuerdo el día en el que fui a ver La La Land al cine. Me senté en mi butaca esperando una desilusión. Lo admito, pensé “no puede ser tan buena”. Y, de pronto, ZAS, un festival de color, de música, de baile, de sorpresas, de sueños y de amor. Pura magia. Planos secuencia largos, sin cortes. Una obra maestra calculada al detalle, sin fallos, todo dispuesto para que el espectador se sorprenda. Sí, no pude evitar sonreír, quedarme pasmada con uno de los mejores comienzos del cine. Cuando ves una auténtica obra maestra, es lo que ocurre, te entregas completamente a lo que está sucediendo, te dejas seducir y caes a sus pies.

Podría ser una historia de cualquier soñador, pero vamos a centrarnos en la de estos dos protagonistas. Viajamos a Los Ángeles, a esa ciudad a la que acuden los artistas que sueñan con el éxito de Hollywood. Mía (Emma Stone) trabaja en una cafetería de los estudios Warner Brothers, viendo desfilar a todas las grandes estrellas que actúan en los platós de los alrededores, aquellas que algún día estuvieron en su piel. Casting tras casting, Mía siente que sus sueños se alejan, una vida por la que dejó la universidad y todo lo demás. Pero su oportunidad no llega, y ese sentimiento es insufrible. Irremediablemente, como si una fuerza de del destino los uniera, su camino se cruza con el de Sebastian (Ryan Gosling), un pianista que sueña con salvar al Jazz, al verdadero y puro Jazz, tozudo, apasionado y amante de la música. Sus sueños son distintos, pero están unidos por el deseo de que alguna vez logren realizarse. Todo parece planeado al milímetro, pero para que los sueños se cumplan, deben hacerse sacrificios.

Damien Chazelle ha conseguido transmitirnos amor en cruces de miradas y bailes, pero también la realidad y su sabor más agridulce. El tándem Ryan Gosling y Emma Stone tiene un resultado maravilloso, se aprecia perfectamente esta química que mantienen y que ya apreciamos en sus otras películas juntos, ‘Crazy Stupid Love’ y ‘Gangster Squad’. Pero, en esta ocasión, el trabajo interpretativo ha sido un auténtico esfuerzo titánico que los ha llevado al límite una y otra vez, cantando, bailando, tocando el piano, y enamorándonos. Sebastian y Mía son únicos, atraídos irrefrenablemente por un sueño, el destino y una atracción inevitable. Te enamoras de ellos, de cada pequeño paso, de cada encuentro.’La Ciudad de las Estrellas’ promete noches inolvidables.
La película queda aderezada a la perfección con una banda sonora deliciosa, una fotografía espectacular y un elenco de ensueño. Chazelle ha hecho su idea realidad, un sueño llevada a la pantalla. No solo cuenta una historia única, sino también hace un repaso de los grandes musicales de los años 50. Guiños a ‘West Side Story’ y ‘Cantando Bajo la Lluvia’, así como a grandes estrellas de la talla de Gene Kelly y Fred Astaire.
Y sí, lloras. Vaya si lloras. No hay película que muestre mejor eso de “¿y si las cosas hubieran sido de otra manera?”. Y sonríes. Porque Damien Chazelle nos ha hablado de la realidad, de la vida, de los giros que nos da la vida y cómo puede llegar a torcerse. Pero los sueños siempre prevalecen. Siempre. Aunque tengamos que sacrificar lo que más nos importa para hacerlos realidad.

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