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Paquita Salas (Temporada 3): idas y vueltas entre la televisión de antes y la contemporánea

Si aún quedaba alguna duda de que los Javis, esos alocados e ingeniosos creativos, eran capaces de crear una serie llena de emociones, crítica, lágrimas y risas, la tercera temporada de su querida Paquita Salas nos ha dejado claro que son, sin duda, el motor de una oleada de genialidad que sigue ganándose los vítores del público. No sabía Netflix que iba a dar con la gallina de los huevos de oro con un producto que empezó pequeño, un homenaje a los 90, al cine y la televisión de antes. No imaginaban que se convertiría en una radiografía de la actualidad, un símbolo de la evolución y un grito por la libertad.

En esta temporada, los Javis nos han llevado al renacimiento de esa representante de actores que, allá cuando acabó la segunda, abandonaba su pasión desencantada con lo rumbos actuales del cine y la televisión, las nuevas formas de hacer las cosas, el peso del pasado y los cientos de portazos en la cara. El mundo le dio la espalda a Paquita Salas y ahora vuelve más fuerte que nunca, a demostrar quién es y por qué es la mejor en su puesto. Su frescura, su inocencia y ese desparpajo natural, hacen que Brays Efe se coma la cámara con cada aparición, convirtiendo a Paquita Sala en un icono.

Si hay algo que hacen bien es recuperar ese talento olvidado, esas caras de nuestra televisión que marcaron una época. Allí tenemos a Belinda Washington, Lydia Bosch, Emilio Aragón o Lidia San José, que durante los 90 fueron los rostros que alegraban nuestras tardes y noches frente a la tele, protagonizando esas series maravillosas que marcaron una década. Porque, aunque el tiempo pase, las buenas ficciones nunca se olvidan y, sobre todo, cuando nos han dejado tan buenos momentos. El desfile de rostros conocidos, ya sean de antes o más actuales, es impresionante. Cientos de guiños a nuestra cultura pop nos hacen fijarnos en cada detalle, medido al milímetro, aderezado con una música de escándalo.

Los Javis juegan a la parodia de la realidad, con un puntito de verdad. La fama pasajera, la llegada de los influencers, los vídeos virales esperpénticos y los golpes de la vida, que te pueden llevar a la cumbre o al pozo más oscuro. No solo han tenido tiempo para hablar de la vida, sino también de la lucha del colectivo LGTBI, de la dificultades de las mujeres en el mundo de la interpretación, de la hipocresía del mundo digital y de la falta de humanidad. Desde la depresión de Macarena García, la lucha de una actriz transexual por hacerse un hueco en la industria hasta la excentricidad del mundo de la moda y las nuevas corrientes en redes sociales.

Pero, sin lugar a dudas, el grito final ha sido el que ha conseguido levantarnos del sofá, arrancarnos un aplauso y hacernos sentir, por qué no decirlo, un poquito de culpa. El retorno de Anna Allen y de su caso, nos ha llevado al borde de las lágrimas. El retrato de cómo una vida puede truncarse en cuestión de minutos por una mala decisión y el ajusticiamiento de la opinión pública, letal y con una memoria inquisitiva. Tal vez sea tiempo de aceptar que, más allá de las redes sociales, somos humanos y tenemos derecho a equivocarnos. Porque, como ellos dicen, todos los que luchamos día a día por lograr nuestros sueños, somos supervivientes. 

Irene del Río Ver todo

Periodista cultural con alma de escritora.

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