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Joker: la vida es una comedia

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Todo el mundo aplaudió. La sala gritó de júbilo cuando se proyectó por primera vez en el Festival de Venecia, alzándose con el León de Oro. La victoria estaba casi asegurada. El mundo quedó prendado del Joker de Joaquín Phoenix, uno de los papeles más juzgados del cine, por su dificultad, el respeto que se le tiene al personaje y las consecuencias que ha generado el darle vida. Todos tenemos a nuestro Joker favorito, encontrándose entre los más venerados el del magnífico Jack Nicholson y el galardonado Joker de Heath Ledger, que falleció poco antes de recibir el Oscar a tan impresionante interpretación.

Phoenix tenía una dura tarea, un recado que Jared Leto no había logrado realizar exitosamente en Escuadrón Suicida. Pero el proyecto era distinto. Phoenix se enfrenta a un retrato intimista del clásico villano de DC, un viaje a los orígenes, a la transformación y a la locura, al pozo más oscuro que lo desencadena todo. La película de Todd Philips no nos enfrenta a Batman, sino a la propia psique del personaje.

Siempre triste. Siempre luchando contra sí mismo. Medicado, depresivo, enfermo, extraño. Las capacidades sociales de Arthur Fleck son muy excasas, pero ama su profesión. Es payaso, experto en traer felicidad, aunque su risa desternillante, esa risa incómoda fruto de una enfermedad que le provoca la risa en los momentos más complejos. Desquiciante, se mete en tu cabeza y se convierte en el sello de identidad del Joker de Phoenix. Demacrado, extremadamente delgado, avejentado, y con esa risa maldita.

2019929220_1No vamos a incidir mucho en el desarrollo de los acontecimientos, ya que lo mejor de esta película es la sorpresa. Hablemos del payaso triste, de la depresión, de la enfermedad. Arrastrado por una vida oscura, solo tiene un sueño: ser un payaso, darle felicidad a los demás, que el mundo lo ame. Porque, en su vida, el amor no existe. La vida le pega mil patadas y la Ciudad Gótica solo sabe recordarle lo humillante y desgraciada que es su vida. Al igual que en Breaking Bad, asistimos a una transformación. De ser un enclenque y débil personaje a convertirse en el desenfreno y la maldad del Joker. Y para ello, hará un viaje en busca de la verdad, en conocer su historia más oscura. Y no dudará en hacerle daño a su alrededor para alcanzar su destino.

Mimada al detalle, la película es una auténtica fantasía para los fans del enemigo de Batman, quien no protagoniza esta historia, sino que su historia permanece en un tercer plano, un guiño a los espectadores que comprenden lo que ocurrirá algún día. Pero aquí, Arthur Fleck se sitúa en el centro del escenario, mostrando su triste figura, su risa desquiciante y su cruda realidad. Es un viaje mágico de transformación, de rebelión de júbilo. Y cuando llega la explosión, cuando el payaso sale en escena, sólo nos queda bailar. Bailar porque ha llegado la destrucción, ha llegado sin pelos en la lengua y ya no hay marcha atrás. El caos de Gotham tiene un líder y es un payaso.

Joker resulta un auténtico espectáculo audiovisual, el sueño de cualquier actor que busca un personaje único con el que lucirse. Phoenix ha tenido la oportunidad de enfrentarse a un papel difícil y demostrar su talento. En cada uno quedará si es su Joker favorito, pero no podemos negar que es un estudio profundo y admirable de este famoso personaje. Sólo queda que no le hagan un La La Land.

Irene del Río Ver todo

Periodista cultural con alma de escritora.

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