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‘Oz’: la espiral del caos de Ciudad Esmeralda

Hablemos del bien y del mal. Hablemos de las posibilidades de reinsertarse en la sociedad. Hablemos de perdón, culpa y arrepentimiento. Hablemos de la espiral del caos. Hablemos de qué supone quitarle la vida a una persona. Hablemos de drogas, de sexo y de sangre. Hablemos de Oz.

Actualmente, ¿quién no es fanático de alguna serie? Los hábitos de consumo audiovisual han cambiado en los últimos años, pasando del auge de la televisión de cable a la aparición de las grandes plataformas. Netflix, Movistar. Amazon Prime o Disney Plus se hacen con el mercado, cada vez más competitivo por la lucha de precios y series de calidad. Los grandes premios se reparten entre plataformas y cadenas, una forma más de ganarse la confianza del posible espectador, de conseguir una renovación más, de fidelizar en contenidos. Pero, ¿cómo se ha originado todo este ecosistema?

Nos remontamos a finales de los años 90, concretamente a 1997. HBO comienza sus retransmisiones de contenido original y sienta un precedente: “It’s not TV, it’s HBO”. Bienvenidos a la televisión de calidad. Aparecen formatos diferentes, series que cumplen la mayoría de las 12 características que desarrolló Robert Thompson para definir televisión de calidad, alejándose de los formatos ya vistos en la televisión privada. Hablamos de cosas de las que no se podía hablar en televisión, de tabúes que escandalizarían al espectador. Innovación en todos los sentidos.

Para conocer la televisión de hoy en día, debemos remontarnos al pasado, a esas series que han marcado cómo evolucionaría el sector. Hoy hablaremos de una de ellas, de Oz. En 1997, HBO comenzaría la emisión de sus propios contenidos. Uno de ellos fue el drama carcelario Oz, creado por Tom Fontana, una historia dura, escalofriante y adictiva que duraría seis temporadas, contándonos la historia de una de las cárceles más duras de Estados Unidos. Bandas, droga, muerte, violaciones, venganzas, culpa. Lucha de poder, búsqueda de redención y, por supuesto, un camino a la perdición.

Un narrador, Augustus Hill (Harold Perrineau), rompe la cuarta pared y le presenta al espectador una temática. La esperanza, el amor, el significado del bien y del mal, hasta del mismísimo Dios. Él nos va guiando por cada nueva historia que nos depara en Oz, el área dirigida por Tim McManus. Allí nos depara una compleja historia de decenas de presos. Sabemos su crimen, sabemos su pena, sabemos si tienen o no derecho a la condicional. Nada de eso importan solo su paso por Oz. Allí, las muertes y ataques entre bandas son el día a día, así como el control por el tráfico de Tetas (drogas). Arios, Negros, Musulmanes, Irlandeses, Cristianos, Latinos, Italianos, Moteros, Gays, Asiáticos, Rusos…Oz se divide en bandas que buscan el poder. Y, luego, están los inadaptados, esos que van por libre, o bien porque no están cuerdos o bien porque buscan pasar en silencio y tranquilidad su paso por la cárcel.

Temporada tras temporada buscamos la redención en alguno de los presos, ya sea a través de la fe, de nuevos proyectos de educación, de confianza y esperanza.Pero, también, observamos atentamente la maldad, al personaje malogrado y que reincide en cada uno de sus pecados. Todos ellos están definidos a la perfección, atrapándonos. Nos hace querer saber qué será de ellos, que es de su futuro, si se saldrán con la suya o no. Algunos, se convierten en nuestra debilidad, otros que creíamos importantes pasarán sin pena ni gloria, y luego, aquellos cuyo corazón está podrido, suplicamos cada episodio por su final. Y cuando dices adiós a un personaje, rápidamente te introducen a uno nuevo. Al fin y al cabo, el verdadero protagonista es Oz.

Las bandas se dividen en zonas para tomar el control: la lavandería, el servicio de correo, la cocina…Desde ahí, manejan el cotarro. El peligro por perder el control se convierte en una espiral de venganzas continuas y amenazas. Y, en muchas ocasiones, la policía no ejerce su papel, dejando atacar, participando en el asalto. La crueldad se dispara y los peligros son constantes. Nunca duermes tranquilo en una celda.

Otros, buscan la redención. Kareem Said guía a sus hombres a través del rezo del Corán, el padre Ray Mukada (B.D.Wong) lo hace a través del cristianismo, la hermana Peter Marie (Rita Moreno) a través de la psicología. Si hay una historia que seguimos de cerca es la de Tobias Beecher (Lee Tergesen), un preso condenado por el asesinato de una niña al ir conduciendo ebrio. Un personaje puro que se va tornando en un ser pequeño, para luego alzarse como una bestia llena de oscuridad y luego buscar la salvación. Es la prueba de que Oz transforma a las personas y que solo unos pocos podrán volver a encontrar la luz. O el joven Miguel Álvarez, aquel joven que llegó pronto a la cárcel y que acabó sembrando el caos, dirigiendo a los Latinos y cometiendo verdaderas atrocidades. O personajes más buenos como Busmalis y Rebadow, el lado amable de la ficción.

Sinceramente, si tuviera que hacer un TOP 5 de cosas terribles que ocurren en Oz, me sería realmente difícil. La crueldad está presente en cada celda y, cuando creías que ya habías visto lo peor, aparece un nuevo mazazo que deja al espectador estupefacto. He ahí, de nuevo, la espiral del caos. Violencia brutal y sin tapujos. Presente en personajes como Vernon Shillinger (J.K Simmons) o Simon Adebisi (Adewale Akinnouye-Adbaje), que violan, hieren y se jactan de su maldad y poder. Cada terrible suceso, tarde o temprano, sale a la luz, desatando una nueva venganza o una periodo en “el agujero”. La espiral se desata, y solo los más fuertes son capaces de esconderse del castigo, como Ryan O’Reily, siempre tramando en silencio.

Extrañamente, en Oz también hay lugar para el amor. No es un amor puro, es complejo y siempre hay sangre de por medio. Matar para enamorar, matar para proteger a quien amas, matar para ser observado. El sueño de amar a quien te ha salvado la vida, o el sueño de amar al que le has partido los huesos. Como O’Reily, como Keller. Es un amor oscuro pero fuerte, aunque no sano. La relación homosexual también aparece en pantalla, tabú y mal vista por los presos, quienes violan y utilizan a otros únicamente para satisfacer sus necesidades físicas. Un amor que intenta luchar contra viento y marea por encontrar un lugar para un beso, sexo o simplemente decir “te quiero”.

Y sí, también habla de ese tema peliagudo, la pena de muerte, aún presente en Estados Unidos. El corredor de la muerte es un lugar oscuro, apartado del resto de presos. Allí, se espera al final, a la decisión final. Eliges cómo morir, eliges cuál será tu última palabra, dices tus últimas palabras. Incluso el reo más cruel merece compasión en sus últimos instantes. Silla eléctrica, inyección letal, la horca, el fusilamiento. Es terrible, es explícito y no tiene vuelta atrás. Y nos hace pensar sobre el por qué existe, quién merece un final así, quién es nadie para matar a nadie.

Al final, el espectador es como McManus, esperando la redención de aquellos presos que aún navegan entre el bien y el mal. Un verdadero reto por intentar reinsertar a aquellos que no han podido ser educados, que han cometido un error en su vida, o incluso aquellos cuyo corazón es oscuro. Pocas veces encontramos una solución al laberinto pero, cuando ocurre, es un momento divino en el que volvemos a tener fe en la sociedad. Aunque, lamentablemente, eso ocurre pocas veces.

 

Irene del Río Ver todo

Periodista cultural con alma de escritora.

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