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Un lugar para soñar (T2): regreso a Virgin Rivers

Siguiendo el espíritu de la primera temporada, Netflix continúa apostando por el drama ‘Un lugar para soñar’, la ficción que recuerda a series como ‘Everwood’ o ‘Doctora en Alabama’, mezclando el romance, la vida de un pequeño pueblo y la medicina para contar su historia. Si bien la primera temporada se convirtió rápidamente en un Guilty Pleasure, en esta segunda temporada echamos de menos un poco de profundidad en la trama y lamentamos su corta extensión. Una nueva temporada viene a darle continuidad a esta historia que nos deja con la miel en los labios en la sucesión de hechos. 

La vuelta de Mel (Alexandra Brackenridge) a Virgin Rivers era inminente. A pesar de su sorpresiva marcha tras conocer que la ex novia de su interés amoroso estaba embarazada, esto solo es el comienzo complicado de una enrevesada historia de amor. Mel aún tiene mucho que hablar con Jack (Martin Henderson) y su lugar ya no está en la gran ciudad, sino en ese pueblecito lleno de encanto donde todos se conocen. Superar la muerte de un marido, aceptar el embarazo de la novia de tu nuevo interés amoroso, encontrar tu hueco en Virgin Rivers tras una carrera de éxito en Los Ángeles. 

Inspirada en las novelas de Robyn Carr, ‘Un lugar para soñar cumple su función: ofrecernos una historia de amor sin grandes pretensiones. Sin embargo, para ser un nuevo barco dentro del género, le faltan algunos matices por mejorar. Por ejemplo, Virgin Rivers no consigue encandilarnos. A diferencia de Everwood o Las Chicas Gilmore, el pueblecito no consigue enamorarnos, no se convierte en ese lugar idílico apartado del mundo al que desearíamos mudarnos para empezar desde cero. Por otro lado, es un error la extensión de diez capítulos por temporada. Acostumbrados a que la duración de este tipo de ficciones sea de unos 22 capítulos de 45 minutos por temporada, los tiempos estipulados no ayudan a la hora de generar una trama con sentido y evolución.

¿Funciona la continuación de la serie? Lo cierto es que sí. Mel engancha y consigue que queramos seguir su historia. De hecho, gusta que no vaya propagando su tragedia, superando poco a poco el duelo y siendo consciente de su nueva vida. Con tintes de culebrón propios de las novelas románticas, la diversión reside en las tramas secundarias: la de Preacher, la de Vernon y Hope, y la del joven Ricky. Y luego está la línea de Calvin, que no termina de funcionar. Si bien la ficción intenta ofrecer mucho más que romance y cotilleos en un pequeño pueblo, aspirar a mayores tintes de dramas como la línea de tráfico de drogas, puede que sea demasiado para eta pequeña ficción. Me resulta muy interesante la forma en la que se aborda el concepto de familia, la maternidad, el maltrato doméstico o la superación de traumas y duelo. Poniendo el ojo en este último punto, resulta liviano, para nada incómodo, natural. De esta forma, empatizamos con Mel y solo deseamos su felicidad. Sin embargo, sabemos que no será un camino de rosas.

Apostando por un cliffhanger en su final, la serie se merece una continuación para gozo de sus seguidores, que quieren conocer qué le deparará a Jack y Mel y en su historia de amor, cada vez más compleja y dramática. Esperemos que Netflix no decida cancelarla y nos deje seguir disfrutando de nuestro placer culpable.

Irene del Río Ver todo

Periodista cultural con alma de escritora.

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